• María Gloria Flores Peñailillo

EN TORNO AL WE TRIPANTÜ

por: MARÍA GLORIA FLORES PEÑAILILLO.






Entre el 21 y el 24 de junio los pueblos originarios celebran en todo el país el WeTripantü; desde su cosmovisión tanto aymaras, mapuche y otros pueblos de América del Sur celebran la vuelta del sol que da inicio a un nuevo ciclo de la vida, una etapa de renovación de las energías de la tierra y de las distintas especies que viven en ella, este regreso del sol influye indefectiblemente tanto en la naturaleza como en todos los seres que la habitamos; es la renovación de la vida que permanecía dormida y que lentamente emerge con el paulatino retorno del sol y el calor, mostrándonos cuan profundo es el conocimiento y observación de los cambios astronómicos y de la naturaleza que han heredado las culturas originarias. En las comunidades mapuche del sur de Chile la ceremonia comienza desde la noche del 23 al 24 de junio, cuando todos se reúnen y se sumergen en el agua a las 3 o 4 de la mañana para expresar en este ritual su renovación y purificación conjunta con la naturaleza, con el mapu.

El vínculo de los pueblos ancestrales con el universo va más allá de lo que nuestra mentalidad occidental puede llegar a comprender. En su cosmovisión el mundo está vivo y todo lo que existe en él merece respeto (ekuwün), ningún ser es superior a otro, desde esta mirada conciben a la Madre Tierra como sujeto de derechos, considerando que lo que se haga a la naturaleza se lo hace a sí mismo, por lo que toman con el debido respeto del Ñuke Mapu o Madre Tierra solamente lo que necesitan para su Buen Vivir (Küme Mogen), cuidando con ello la armonía y subsistencia. Entienden la vida misma como una gran cadena, desde esta comprensión un daño a la naturaleza produce un daño a la totalidad, rompiéndose con ello el equilibrio que propicia la vida.

Instancias de festejo a la vida como el We Tripantü, se han ido masificando en los últimos tiempos y comienzan a tener mayor relevancia y reconocimiento.


Hoy esta fecha concita interés nacional ya que la semana recién pasada fue aprobada con mucha premura la ley que establece el día 24 de junio de cada año como feriado legal para conmemorar el Día de los Pueblos Originarios, ley ya publicada en el diario oficial el sábado 19 de junio recién pasado. Cabe recordar que este Día Nacional de los Pueblos Indígenas fue declarado Decreto Supremo Nº 158, el 24 de junio de 1998 por el gobierno del presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle.


La actual iniciativa tuvo su origen en un contexto de reorganización de los días feriados, y al tenor del debate fue considerado oportuno declarar feriado nacional el día 24 de cada año en conmemoración del Día Nacional de los Pueblos Indígenas.


En los momentos de cambios sociales y relaciones de poder que vivimos, hay expectativas de que este gesto simbólico marque un avance hacia el reconocimiento constitucional de los pueblos originarios ya que Chile es uno de los pocos países donde aún no se les reconoce constitucionalmente. Llama a la reflexión señalar que, durante su tramitación en ambas cámaras los parlamentarios, en la mayoría de sus argumentaciones coincidieron en la necesidad de que Chile debe saldar su deuda pendiente con los pueblos originarios, siendo preciso tener en cuenta que existen muchas similitudes de tal deuda con dichos pueblos; en el caso del pueblo Mapuche, por tratarse del territorio que habitamos, es necesario conocer que después de un siglo de resistencia, tuvo lugar el Parlamento de Quilín que consistió en una reunión masiva entre todas las autoridades mapuche y de la Colonia española, a orillas del río Quilín en la actual Provincia de Cautín, de donde emanó el primer Tratado de Paz entre mapuche y españoles, estos últimos en nombre de la Corona Española firmaron Las Paces de Quilín con las autoridades mapuche el día 6 de enero de 1641, mediante las cuales el propio rey de España, Felipe IV, reconoció la total independencia de la Nación Mapuche, estableciéndose el río Bío-Bío como frontera entre ambas naciones. La administración española archivó las actas del Parlamento como un Tratado Internacional, que establecía la total autonomía de este pueblo en sus amplios territorios rigiéndose por sus propias normas y leyes. (Bengoa, J. 2007). Fueron una sociedad agrícola-ganadera abundante y diversa hasta 1881, cuando el Estado chileno colonizó La Araucanía reduciendo el territorio mapuche desde unas 33.000.000 ha. en 1541, a 400.000 ha. Entre 1881 y 1927 se expropiaron las tierras indígenas localizadas en el Valle Central y Cordillera de los Andes, asignándoseles tierras marginales de baja fertilidad. Las tierras expropiadas en su mayoría se traspasaron a colonos extranjeros o vendidas. Entre 1884 y 1927 se construyeron 3.000 reservaciones para el pueblo mapuche, donde los grupos familiares practicaron una agricultura de precaria subsistencia (Bengoa, J.1996). Desde aproximadamente un siglo de estos acontecimientos, el pueblo Mapuche ha bregado por mantener su cultura y visión de mundo, al igual que los pueblos Aymaras, Changos, Rapa Nui, Atacameños, Diaguitas, Quechuas, Colla, Kawashkar, Yaganes, sin embargo falta aún mucho camino por recorrer, como el no ignorar la importancia del dialogo y conocimiento mutuo entre culturas, en un proceso en el que todos aprendemos de todos por lo que, más que políticas públicas diseñadas por tecnócratas estatales, hay que escuchar y fomentar la participación para comprender sus demandas.


Pese a todos los escollos que se han presentando en el camino para poder avanzar en un relacionamiento intercultural, actualmente los pueblos originarios están entrando en una etapa que involucra relacionarse de forma activa con quienes tienen más sensibilidad ante su situación, asumiendo que los cambios necesarios precisan de construir una alianza estratégica de apoyo mutuo que, si bien se está generando de manera incipiente, tiene que fortalecerse con el inicio de procesos más autónomos. Un gran paso en este sentido es la reforma constitucional promulgada el 21 de diciembre de 2020 que les permitió lograr 17 escaños reservados a los representantes de pueblos originarios para integrar la Convención Constitucional que creará una nueva Constitución Política de la Republica. La aprobación de esta reforma es el inicio del camino para empezar a saldar las deudas que mantiene el Estado, desde la eufemística “pacificación de la Araucanía”.

El We Tripantü del 24 de junio, con todo su simbolismo de energía cósmica, desde una lógica de armonía entre el sol, la luna, el agua y la tierra, que inicia con el solsticio de invierno en el hemisferio sur, nos brinda la posibilidad de desplegar diálogos que integren creativamente la igualdad y el reconocimiento de las diferencias, es una oportunidad que tenemos para reflexionar acerca de la realidad multiétnica de Chile, apreciando la sabiduría y riqueza cultural que conservan los pueblos originarios, riqueza que permea nuestra identidad cultural.


Al decir de nuestra Premio Nobel de literatura, Gabriela Mistral

“…Ellos fueron despojados,

pero son la Vieja Patria,

el primer vagido nuestro

y nuestra primera palabra…

…Deja, la verás un día de vuelta y transfigurada

bajar de la tierra quechua

a la tierra araucana

mirarse y reconocerse y abrazarse sin palabras…”



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